No seu blogue Libros de otros tiempos, Lorena Porto conversa sobre os libros que pasan polas súas mans, entre lindas e sosegantes fotos, e con anotacións atentas. Non só le os libros, senón que tamén le nos libros.
Agradezo que detivese a súa atención no meu últimpo poemario, Inscricións, e que partillase a súa lectura, "Recibir la mirada":
Recibir la mirada
Las inscripciones que dan título al poemario de Carlos Callón
evidencian la razón del ser de la poesía como una operación que se hace
en la realidad. El poeta no es enteramente consciente del enigma de la
creación, pero de alguna manera la fuerza del poema va más allá de la
hoja impresa. La poesía crea una realidad más duradera que el propio
poeta, esto es, un residuo vital trascendente. La lucha del poeta por la
escritura es una búsqueda desesperada del orden condenada al fracaso.
Este poemario surge como homenaje a la madre muerta, y a todas las
mujeres en la medida en que hacen posible el progreso en la Luz. La
tarea del poeta es la ilusión. El poemario se adentra en conceptos como
la diferencia crucial entre pensamiento, idea y representación y muestra
una preocupación por la tensión entre la contingencia de las imágenes
del poema y la intuición de un orden inconsciente, geométrico y
trascendente, que explicaría la naturaleza de lo Real.
En la primera parte del poemario, ‘Cuspe dos mortos,’ se busca
definir el hecho poético como la pugna de lo invisible por
visibilizarse, esto es, se evidencia el latido de la no-existencia.
Estos poemas tienen lugar entre la dinámica nunca resuelta entre
visibilidad e invisibilidad, entre lo real, lo superficial, y lo soñado,
lo oculto, pero no por ello menos auténtico, y siempre en constante
lucha por hacerse inteligible y visible.
En esta parte inicial cabe formularse preguntas referidas a la
significación del proceso creativo: ¿Creación no es, acaso, el Ser en el
acto de objetivarse? Las palabras no son sino ese cuspe dos mortos,
esto es, la palabra vendría dada desde el no-Ser para proporcionar las
coordenadas necesarias para interpretar y conocer el mundo. Estas
emanaciones del Verbo tienen el poder de alterarnos irremediablemente,
de inscribirnos, al tiempo que proporcionan las coordenadas de una cartografía imposible.
La segunda parte, ‘Non é o deserto,’ introduce el tema de la
fragilidad y la vulnerabilidad del poeta ante el amor. El poeta se
reconoce como sujeto y objeto del poema, pues es objeto, también, de la
Creación, y se encuentra con el problema de la (auto)representación,
consciente de la existencia de aquello que conforma lo que cada uno de
nosotros tenemos de invisibilidad. El contenido reflejado rara vez
coincidirá con lo real, no sólo debido a esta parte de invisibilidad
inaprensible, sino también porque el poeta parte de unas intenciones muy
concretas al realizar su obra. El poeta y su objeto se constituyen en
anverso y reverso de una misma entidad, en la que se constituyen como
opuestos.
A pesar de que el poeta está concernido por la representación de lo
que la realidad tiene de invisibilidad, la realidad espiritual también
se rige por las leyes infinitamente perfectas de la geometría y las
matemáticas. El poeta se enfrenta a esta inasibilidad del amor, a pesar
de que propicia la creación poética. El poema es comunicación entre
enamorados, y es así que el poeta reconoce los diversos usos de la
poesía: herramienta para el conocimiento trascendente o para la
seducción carnal.
En ‘A Dor Destrúe os Mapas’ el poeta evalúa las consecuencias físicas
del amor y de la iluminación poética: en tanto el cuerpo recibe la
pulsión de lo Real, el sujeto humano se hace partícipe de la Creación.
En este sentido el sujeto humano es inscrito. Pero el
conocimiento de la amada a veces proporciona un desencuentro y un
desarreglo y, en el mejor de los casos, nostalgia. En su experiencia del
amor, el poeta va de la esperanza a la melancolía. Pero la comunicación
– el fin último del poema – es comunicación-con alguien. Todo hecho
comunicativo es dependiente de algún tipo de relaciones personales.
La palabra poética surge de un interrogante existencial. Hay consuelo
en nombrar lo que nos inquieta, parece que el acto de nombrarlo ya es
suficiente para cubrir el vacío, pero esto, por supuesto, no es más que
una ilusión. El poeta parte de la fe en el poder del lenguaje simbólico:
el poema es una manera de nombrar lo infinito.
El Verbo produce la realidad y lo Real se entiende como mandato o
designio divino. Todo lo que existe, toda la realidad viva, ha sido,
hasta cierto punto, producto de un mandato. Nombrar es dar vida, y el
eco de la voz primigenia, esto es, la voz poética, realiza estas inscripciones. El contacto con el medio natural, por otro lado, favorece la formulación de enigmas, aunque su resolución sea imposible.
La cuarta parte del poemario, ‘Residuos sen orde,’ incide en los
temas del amor y la representación artística. Se da un terror ante los
aspectos contingentes de la Creación, al que se responde con una
consideración del material poético: enigmas y misterios, preguntas sin
respuesta, sabiduría, ciencia, ignorancia, amor… todo esto pierde su
importancia frente a la aparente trascendencia de las relaciones
personales, especialmente el amor y el significado de la familia. Esto
es, el poeta descubre que las relaciones personales tienen lugar entre
lo efímero y lo trascendente. Permanece un interrogante nostálgico sobre
la (in)suficiencia del amor para otorgar sentido a la vida.
El poeta retorna a una consideración de la oposición entre las
nociones de idea y representación. Lo que importa verdaderamente es la
idea, no la representación, considera. La representación es siempre una
plasmación imperfecta de la idea. Asimismo, el poeta necesita una
distancia de su objeto, del mismo modo que el sujeto, esto es, la mujer,
el hombre… necesitan una distancia en el amor.
A pesar de su descreimiento (el frío) el poeta necesita del amor,
pues su ausencia supone una parálisis estéril en un escenario de
pesadilla. Los restos del amor, la realidad del desamor, proporcionarán
esos residuos vitales aprovechables en la creación poética. Resuena la
constatación de que el amor es, sobre todo, recibir la mirada, esto es,
ser inscrito. Las inscripciones son, de este modo, las marcas
que el amor y la vida dejan en nosotros. Recibir la mirada es, también,
aspirar a formar parte de un todo ordenado. Esta lucha por la existencia
a través de la formulación de interrogantes debe tener en cuenta el
lenguaje reprimido y nunca formulado.
Finalmente, la quinta y última parte, ‘As Mans,’ ahonda en la
experiencia de la permanencia del amor de la madre más allá de la
muerte, especialmente frente a la impermanencia del amor carnal y ante
el desamor. La madre también se convierte en interlocutora, y esta
comunicación con la madre parece trascender la contingencia. Ella
preserva el vínculo con los orígenes ocultos del poeta; es depositaria
de las respuestas a enigmas apenas intuidos.
Se barajan otros tipos de comunicación, el asedio de la información,
de las noticias, y cómo sortear el impacto que recibimos del mundo, ese
tipo de comunicación brutalmente impersonal a la que estamos expuestos
aún a nuestro pesar. Pero, frente a este impacto, entre las nociones de
Origen y Fin se vislumbra la Eternidad. La Eternidad es el momento
presente, aquél que no permite concebir el origen ni el fin. Las
palabras de la madre, en cuanto fruto del amor, también son
inscripciones. Después de su partida cabe recuperar el amor sexual, al
que sucederá una vez más la añoranza y la memoria, y la certidumbre de
la permanencia eterna de esa inscripción materna, aún en cuanto residuo
espiritual que habite en la memoria.